La columna del Obispo

Columna del obispo: Bienestar físico y bienestar emocional

1. Cuando se habla del bienestar de los mexicanos o cuando se trata de determinar el nivel de desarrollo de un país o la calidad de vida de sus habitantes, se utilizan una serie de criterios e indicadores que finalmente se convierten en cifras y estadísticas que no nos dicen nada de la realidad interior de las personas. Por eso es necesario distinguir entre lo que podemos llamar “bienestar físico” y “bienestar emocional”-interno, espiritual-. 2. El “bienestar físico”, según esto, se refiere al grado de disfrute de satisfactores de orden material; quiero suponer que se refiere a todo lo que se puede adquirir con dinero: vivienda, ropa, comida, uso de transporte, distracciones, estudios, viajes, tv, teléfono, servicios, etc.; todo ello dependiendo de los ingresos de las personas y de su nivel de educación. 3. El “bienestar emocional”, en cambio, vendría a consistir en los sentimientos que la persona experimenta en las distintas situaciones que vive (salud, capacidad de dar afecto, la relación con otras personas, etc.) y que le reportan lo que llamaríamos un sentimiento de auto-realización, de auto-estima, de gozo, de plenitud interior. Este bienestar se da más bien en el interior de la persona y es más de orden espiritual, que no necesariamente se adquiere con dinero ni se puede medir con precisión. 4. Esta distinción nos permite entender cómo hay personas, que sin ser ricos en recursos económicos o materiales, son felices y viven con alegría y confianza, sin angustias ni temores, sin preocupaciones por querer un mayor bienestar y por el contrario personas con abundancia de bienes materiales con frecuencia son profundamente infelices. El aceptar este hecho no significa que estemos aprobando el conformismo o la abulia e indolencia de aquellas personas que no buscan progresar y mejorar su condición económica y su nivel social. 5. ¿Cuál es entonces el secreto de la felicidad humana? ¿En qué medida depende de cada uno de nosotros? ¿Puede una persona por sí sola llegar a ser feliz? ¿Quiénes tienen en la sociedad la responsabilidad de velar por la felicidad de todos y cada uno de los miembros de una comunidad? Son estas algunas de las preguntas que podemos hacernos para definir el grado de responsabilidad que tenemos los distintos actores en la vida social: padres de familia, maestros, autoridades civiles, empresarios, empleados, obreros, ministros religiosos, etc. 6. El anhelo de felicidad es innato en todo ser humano. Como lo es el anhelo de conocer la verdad, de buscar el bien, de contemplar y gozar de la belleza. Pero esta necesidad innata que experimenta toda persona, debe desarrollarse, debe cultivarse, debe ejercitarse desde la infancia; debemos aprender a ser felices y saber cómo podemos logarlo. Pero primero tenemos que entender en qué consiste la felicidad y llegar a descubrir qué es lo que hace feliz a una persona. 7. Es aquí donde está el secreto. Los seres humanos estamos diseñados como un “ser-en-relación”: para amar y ser amados, para vivir en relación. El hombre no es una isla, nadie se basta a sí mismo, todos en alguna forma dependemos de los demás. Esta conciencia de la necesidad de convivencia humana se debe despertar desde la infancia. Educar a los niños a convivir, a ser sociables, comunicativos, serviciales. Educarlos en el respeto a los demás, en aprender a compadecerse del necesitado, a ser justos reconociendo los derechos de los otros, en ser responsables de los propios actos. Este deber toca primordialmente a los padres de familia y se debe llevar a cabo en el hogar. 8. A las autoridades civiles, a los gobernantes, a las instituciones públicas les corresponde asegurar el orden y la armonía en la convivencia social a través de leyes justas y políticas públicas que busquen siempre el bien común en los distintos ámbitos de la vida social. Promover el desarrollo económico, el empleo, los servicios públicos; atender la salud, la educación, la seguridad de todos los ciudadanos; buscar la integración de nuestro país en el concierto internacional de naciones y procurar todo lo que mira al bienestar de los mexicanos. 9. Los ministros religiosos tenemos una tarea muy específica y delicada: ayudar a descubrir la trascendencia de nuestro destino en este mundo; trasmitir los valores morales y contribuir a la formación de las conciencias y a la construcción de una sociedad justa y fraterna; nos corresponde también inculcar en nuestros feligreses la obligación de ser buenos ciudadanos, observantes de la ley, respetuosos de la dignidad de las personas y de sus derechos; comprometidos en la búsqueda del bien común. 10. No es tarea nuestra dictar las leyes ni proponer las políticas públicas. No tenemos derecho a imponer nuestras creencias. Pero si proponer los principios y criterios evangélicos como normas de conducta para los creyentes cristianos y para todas las personas de buena voluntad que nos quieran escuchar. Principios evangélicos que han dado sentido a nuestra vida y nos han infundido fortaleza, alegría y esperanza. Por eso deseamos compartirlos y en esa forma contribuir a la felicidad de las familias.

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