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Racismo y discriminación

La situación de los migrantes mexicanos en los Estados Unidos es cada vez más complicada. Por una parte, expulsados de su propio país por la desesperación ante la falta de oportunidades para un buen trabajo y un sueldo digno, y por otra parte, la separación de sus familias y de sus raíces culturales y religiosas, corriendo el riesgo de perder todo ello ante la lejanía y la situación altamente vulnerable. Muchos migrantes han tenido que comenzar una nueva familia, fracturando la relación original. El aspecto religioso y cultural no corre con mejor suerte, pues se debilita, en el mejor de los casos, o desaparece y se pierde, en muchos otros. Todo el sacrifi cio parece tener sentido cuando se encuentra una oportunidad de trabajo que se transforma en dólares y se multiplica en pesos. Aquel que además tiene un poco de más iniciativa, logra abrir negocios con una prosperidad que aquí nunca fue posible. Se trata del famoso “sueño americano”. Pero este sueño hace mucho que terminó. Los migrantes ahora se cuentan por millones añadiendo, a los mexicanos, miles y miles de centroamericanos en condiciones mucho más deplorables. La próspera sociedad norteamericana también pasa por una de sus más graves crisis económicas desde hace más de dos años. Más que recibir inmigrantes, quieren expulsarlos. De allí el endurecimiento de las medidas para controlar sus fronteras, llegando a la militarización de las mismas; de allí surgen también leyes como la de Arizona que quieren criminalizar a los inmigrantes indocumentados y discriminar a todo un grupo social, simplemente por su apariencia latina. La ley de Arizona es sólo una pequeña muestra de una situación más grave: la sociedad norteamericana es cada vez más intolerante y racista, comenzando por sus autoridades, incluso al más alto nivel, como lo han mostrado una y otra vez los gobernantes de ese estado. Detrás de ellos están los electores que representan a millones de ciudadanos. Se requiere de un liderazgo político en los Estados Unidos que ponga un alto a la discriminación latente. ¿Quién mejor que el primer Presidente de origen afroamericano para hacerlo? sin embargo, hasta el momento le ha faltado audacia y decisión para poner un alto a las nuevas expresiones de racismo entre sus conciudadanos, sus iniciativas han sido muy tibias y demasiado cuidadosas de implicaciones electorales, sin un compromiso de fondo con la justicia y los derechos humanos. No basta la decisión de una juez que pone en entredicho la aplicación de la nueva ley antiinmigrantes, dejando de lado algunas medidas drásticas, pues en realidad la ley en su conjunto no ha sido vetada y puede resurgir por otros lados. Pero la tarea más importante es nuestra: ¿Hasta cuándo estarán nuestros gobernadores y clase política perdiendo el tiempo en sus discusiones partidistas, mientras el país se viene abajo y muchos ciudadanos “huyen” en busca de una vida más digna a los campos y a las fábricas de los EUA? ¿Para qué sirven las declaraciones de solidaridad de nuestros funcionarios públicos con los migrantes, si lo que necesitamos es que éstos hagan su trabajo para mejorar las condiciones educativas y laborales en nuestro país? El intento de implementar leyes antiinmigrantes en los Estados Unidos debe ser un primer aviso para ponernos a solucionar, como sociedad, nuestros problemas. Es tan grave nuestra situación laboral, que el crimen organizado se está convirtiendo en el gran empleador de jóvenes en este país, ya sea en el mercado informal, en la piratería o en el cultivo y tráfi co de drogas. Ha llegado a tal grado el poderío de estos grupos de delincuentes que en algunas regiones del país han comenzado a controlar las utilidades de las empresas, exigiendo extorsiones descomunales para garantizar la seguridad de los empresarios. Ante todo esto ¿de qué sirven las declaraciones de nuestros políticos? ¿Dónde queda su responsabilidad para solucionar los problemas reales de nuestra sociedad?

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