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Creo luego creo…

Aunque la Iglesia proclame “la autonomía legítima de la cultura, y especialmente de las ciencias” (Cf. GS 59); muchos prefieren aferrarse al «caso Galileo» para promover el antagonismo entre la ciencia y la religión. Dicha “oposición” se expresa en la aparente indiferencia religiosa de los científicos o, en el peor de los casos, en el escarnio y la descalificación de quienes se declaren creyentes. Así, por ejemplo, el científico Richard Dawkins, más conocido como el “capellán del diablo”, ha venido desarrollando una teoría en la que introduce el concepto “meme” para explicar como la religión es una herencia nefasta que se transmite – o se contagia- como “virus de la mente”: “Están de moda los pensamientos apocalípticos sobre los peligros que se ciernen sobre la humanidad debidos al SIDA, la “enfermedad de las vacas locas”, y otros. Pienso que podemos argüir lo mismo sobre la fe, uno de los grandes males del mundo, comparable al virus de la viruela, pero aún más difícil de erradicar…” Estos presupuestos, fundados en la discordia y el menosprecio, se apartan de la sana lógica que debe dominar el debate. En contraste, el Papa Benedicto XVI sin los prejuicios ni complejos propios de quienes hacen del “puritanismo científico” su propia religión, señaló, recientemente que, entre la fe y la ciencia “no hay oposición”, que la fe y la razón “no se excluyen, sino que se armonizan y complementan” y que estudiando las leyes de la materia se puede llegar, “por analogía” al autor de la Creación: Dios.” Este pensamiento del Santo Padre es compartido por ilustres científicos: “A través de la investigación de la majestuosa e impresionante obra de Dios, la ciencia puede realmente ser un medio de culto”. De este modo, Francis Collins, director del Proyecto Genoma Humano y del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, sintetiza, también, su propia experiencia como científico y hombre de fe. De hecho, la ciencia y la religión están más cerca de lo que pensamos. Así lo recoge, también, el “Avvenire”, en un artículo de Lorenzo Fazzini publicado el pasado 1º de julio. En la nota, se hace referencia a la investigación de las creencias religiosas de los científicos más prestigiosos de Estados Unidos hecho por Elaine Howard Ecklund. En su obra “Science vs. Religion. What Scientists Really Think” la autora refuta la supuesta rivalidad entre fe y ciencia. Tanto los resultados de la encuesta realizada a 1.200 científicos, como una entrevista personal a 275 de ellos, permiten afirmar que el ateismo general en el ámbito científico no es sino un mito: “el 50% de los científicos entrevistados confiesa tener creencias, frente al 30% que se declara ateos o agnósticos. El 20% restante dice tener idea de algún “Absoluto”, pero de forma no convencional. Además, sólo la mitad de los científicos que no creen en Dios admitan la existencia de un conflicto entre fe y ciencia. Todos los demás consideran que ambas son compatibles.” Sería oportuno analizar – pero el estudio no lo refiere- cuantos de aquellos que se declaran creyentes, o “afines” al tema religioso, asumen los criterios morales que su fe, sea cual sea, les infunde. No quisiera pensar que sean, precisamente, los no ateos quienes apelen al divorcio entre la ética y la ciencia y así, como enseñaba Juan Pablo II, en lugar de la auténtica fe, estos contribuyan a difundir “un sentimiento religioso genérico y poco comprometedor, que puede convertirse en agnosticismo y ateísmo práctico”. No obstante, superada la comedia inicial del falso prestigio intelectual que otorga la incredulidad, estos hombres y mujeres de ciencia son capaces de defender su ámbito de fe y con ello, con valentía, ratificar las sabias palabras de Albert Schweitzer: “Según vamos adquiriendo conocimiento, las cosas no se hacen más comprensibles, sino más misteriosas.”

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