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Después de las elecciones, la violencia, la inseguridad, la pobreza y la desigualdad aumentan

Se han terminado las campañas de los distintos contendientes, los ciudadanos fueron a las urnas y votaron, se contaron los votos, se han entregado las constancias de ganadores de la elección de diferentes partidos, a presidentes municipales, diputados locales y gobernador. Las inconformidades que existen, respecto a algunas anomalías de la elección deben solucionarse en las instancias que contempla la ley (los tribunales electorales). Nuestro pueblo merece respeto, su voluntad se ha manifestado en las elecciones y tenemos la obligación moral de atender a lo que en este momento viven y sufren nuestra gente. La ola de violencia e inseguridad que se agrava día con día, y la situación de pobreza y desigualdad que se vive en nuestro Estado, nos debe llamar la atención fuertemente a todos, para enfrentar juntos esta realidad que sufre nuestra gente. Es un buen momento para acoger la enseñanza de la Iglesia que nos ha regalado el Papa Benedicto XVI, para “promover el auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad” Los obispos de México hemos analizado profundamente este flagelo que azota a nuestro país: “Nos acercamos a esta realidad con ojos y corazón de pastores. Acompañamos en el camino de la vida a los hombres y mujeres de nuestro tiempo y compartimos sus esperanzas, sus logros y frustraciones… Nos duele profundamente la sangre que se ha derramado: la de los niños abortados, la de las mujeres asesinadas; la angustia de las víctimas de secuestros, asaltos y extorsiones; las pérdidas de quienes han caído en la confrontación entre las bandas, que han muerto enfrentando el poder criminal de la delincuencia organizada o han sido ejecutados en crueldad y frialdad inhumana. Nos interpela el dolor y la angustia, la incertidumbre y el miedo de tantas personas… Nos preocupa que brote en el corazón de muchos mexicanos la rabia, el odio, el rencor, el deseo de venganza y de justicia propia mano”. Esta es una realidad que vivimos día con día en nuestras ciudades y nuestros pueblos, los medios de comunicación, de manera alarmante nos dan la noticia del aumento de la violencia, aparte de otras que no se publican en los medios. “Se está deteriorando, en la vida social, la convivencia armónica y pacífica”, lo que sucede “no son hechos aislados o infrecuentes, sino una situación que se ha hecho habitual, estructural, que tiene distintas manifestaciones; se ha convertido en un signo de nuestro tiempo que debemos discernir para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos tengan vida y la tengan en plenitud” (Jn 10,10). Es momento de aceptar la voluntad de los ciudadanos, de unirnos, y concentrarnos todos, junto con nuestros gobernantes para orientar nuestros esfuerzos hacia un autentico desarrollo integral de nuestras familias, esto nos ofrecerá los medios para contrarrestar la violencia, la inseguridad, la pobreza y la desigualdad. Este valor debe estar por sobre nuestros propios intereses personales o de grupo, es el bien común al que todos debemos orientarnos. Como Iglesia estaremos siempre dispuestos a colaborar por la consecución del auténtico desarrollo.

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