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Regreso a clases

Han terminado las vacaciones escolares y ha llegado la fecha del regreso a clases. Son momentos muy significativos para la familia, que es bueno compartirlos en comunicación cercana y profunda. Qué importante es también vivir y dar seguimiento en familia al proceso escolar. Habría mucho que comentar, sólo sugiero algunos aspectos, que en familia pueden ampliar y profundizar. Ir a la escuela no es sólo para aprender más cosas, sino para aprenderlas sabiamente. Hay que estudiar no sólo en vistas del examen, sino para la vida, o sea para aplicar esos conocimientos dándole mayor y mejor sentido a la vida, según criterios de verdad y de bien: Por ejemplo que sepamos ser agradecidos con lo que recibimos de los demás –familia, maestros, compañeros, alumnos, sociedad-; igualmente, que seamos creativos y generosos en dar de nosotros mismos; y que sepamos afrontar las situaciones coyunturales y críticas; a veces puede darse el caso de que no seamos responsables de lo que suceda, pero sí seremos responsables de la actitud que tomamos ante eso que sucede. Frente a un enfoque de la educación escolar en perspectiva de familia, me llama la atención uno de los resultados de una investigación que se hizo para el gobierno del estado de Guanajuato: “La escolaridad no se asoció significativamente con la unidad familiar. Esto podría implicar que nuestro sistema educativo no está contribuyendo al desarrollo de capacidades de comunicación y participación en la población, particularmente en los niveles educativos medios y superiores. Si esto no se manifiesta al interior de la familia, difícilmente se dará en otros ámbitos, como el de la participación ciudadana o política.” Esta conclusión de la investigación realizada se podría generalizar, desgraciadamente, a otros estados: una educación que no influye significativamente en mejor comunicación y participación al interior de la familia. De modo que éste es uno de los retos: una escolaridad en perspectiva de familia, o sea que forme personas no sólo más instruidas, sino más conscientes de sus responsabilidades en bien de los demás, empezando por la propia familia. Cuando la escolaridad promueve mejores familias, entonces las familias serán fermento positivo en la sociedad. Si a esto añadimos la perspectiva de trascendencia, con Dios dentro, es lo máximo. Efectivamente, Dios quiere nuestro bien, nuestro desarrollo. Que la escolaridad forme mejores ciudadanos y mejores cristianos, miembros de familias funcionales, que participen constructivamente en el desarrollo social. De hecho es parte de lo que nos habla el Papa Benedicto XVI en su tercera Encíclica, “Caridad en la verdad”: El desarrollo de los pueblos en espíritu de familia, tema que nos ocupará futuros mensajes.

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