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Vale la pena ser de Cristo, vale la pena ser Iglesia, cuidar la comunión

El texto Sagrado nos ubica en las últimas palabras, en los últimos acontecimientos de la fundación de Israel; hemos escuchado el último capítulo de la Torá, en el libro del Deuteronomio, y el relato, se centra en la muerte de Moisés, un gran hombre para los hombres y para los ángeles, los relatos antiguos y edificantes del judaísmo nos dicen que cuando el Altísimo, ¡Bendito sea!, determinó la muerte de Moisés, envío unos ángeles para que recogieran su alma, pero no lo hicieron, al preguntarles por qué no se habían llevado el alma de Moisés, respondieron que lo vieron en oración y que nunca habían visto a un hombre así, y no se habían atrevido a perturbarlo; Dios tuvo que seguir enviando otros ángeles y siempre llegaban al cielo con las manos vacías, hasta enviar al mismo arcángel, príncipe de los ejércitos celestiales, San Miguel; tampoco se atrevió a tocar su alma –yo nunca he visto un hombre tan humilde, respondió Miguel. Tuvo que venir el mismo Dios a recoger su alma. Desde el punto de vista humano nos gustan las historias con final feliz, y sin embargo, el texto Sagrado nos ofrece una dolorosa verdad, después de mostrarle la tierra prometida a los patriarcas, aparece una determinación de Dios, que se nos antoja fatal y que nos deja un sabor amargo, sí, un dejo de amargura, ve shama o taabor, tú no entrarás en ella. ¿Por qué una decisión tan dura? ¿Por qué en el último minuto de su vida, aparece como desaprobado, descalificado? Tal vez porque de otra manera, la vida de Moisés hubiera quedado en la percepción de Israel, como el ejemplo supremo de existencia, y eso sólo es para Jesús. Moisés le regalo su vida a Dios, vivió sólo para Él y sólo para su pueblo, que bueno que el texto Sagrado nos dice que será un hombre sin una tumba, pues su persona, su trabajo, no se pueden sepultar. Queridos hermanos, pero nos siguen estrujando estas palabras: no entrarás en ella ve shama lo taabor, hacia allá tú no cruzarás, si esa era la esencia de Israel, del pueblo hebreo; eso significa hebreo, haber cruzado de la idolatría a la fe, de la esclavitud a la libertad, del mar rojo hacia la tierra prometida y ahora, por primera vez, un hombre del pueblo de Israel, tal vez el más grande de la antigüedad, el que había tenido las intuiciones y los aportes más grandiosos del Espíritu, el que había tenido el carácter más noble, el que había hecho a base de mucho sacrificio un pueblo, el que le había dado todo su amor hasta consumirse como una vela, el que más colaboró con Dios, el hombre a quien Él pudo usar para su revelación, para sus planes, escuchaba esta orden, no entrarás. Y por si fuera poco él había hablado cara a cara con Dios como un amigo. Esta palabra, este texto queridos hermanos, como todos los de la escritura, como todas las realidades de nuestra existencia, muchas tan crueles, nos obligan a ir a Jesús. Él es el único que puede desentrañar los enigmas más oscuros de la vida, su persona ilumina no sólo la vivencia dolorosa de Moisés sino todas las vivencias humanas que están marcadas por la fatalidad, es en estos casos donde resulta delicioso escuchar en labios de Jesús, me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. Esta mañana disfrutemos, me ha sido dado todo poder, desaten, vayan por todo el mundo, heredarán la tierra, obtendrán misericordia, verán a Dios, entrarán en el Reino de los Cielos, hoy estarás conmigo en el paraíso. Queridos hermanos, y pensar que eso es la Iglesia, la Diócesis, las Parroquias por humildes que nos pudieran parecer, las familias, las familias cristianas, la catequesis, los evangelizadores a quienes les toca recoger ese poder amoroso de Dios que no tiene barreras, ni en el tiempo ni en la miseria, porque hoy, como desde los tiempos de Moisés, incluso muchos grandes hombres han sentido escuchar este terrible lo taabor, no pasarás, aquí no entrarás. Hoy en muchos órdenes y niveles de la persona humana, de la sociedad, como Moisés, nos parece escuchar y se escucha dolorosamente, no entrarás. Hay muchas puertas cerradas, desde que apareció el pecado muchos paraísos se han perdido, desde que pecó también Moisés como nosotros, muchas tierras prometidas han quedado a una distancia infranqueable, por eso debemos anunciar a Jesucristo que quitó sobre Moisés esas fatalidades y que quita sobre todo ser humano cualquier realidad adversa y difícil. Él, Jesucristo, sólo Él, pudo absolverlo, lo recogió y lo llevó incluso al Tabor, aquello que se había dicho al Tabor, en Jesucristo es Tabor, Él lo introdujo y gloriosamente, en la tierra prometida, Él le quitó la mancha que había quedado en su recorrido humano y de servicio, lo introdujo y destruyó todas sus derrotas, todas sus vergüenzas, como destruye hoy todas nuestras cargas, nuestras marcas, nuestras desilusiones. Al escuchar su palabra, al obedecer sus indicaciones, nos salvamos. Dice el evangelio de hoy, ve con tu hermano, háblale, ayúdalo, perdónalo, habrás salvado a tu hermano, hazte acompañar, llévalo a la Iglesia, reúnanse en mi nombre, ahí estoy Yo, en medio de ustedes. Mis queridos hermanos, vale la pena ser de Cristo, vale la pena ser Iglesia, ser familia, cuidar la comunión; junto con ustedes pido a mi Señor, a mi bendito Señor Jesús, siga presidiendo la vida, el caminar de esta amada Diócesis de Texcoco, como experimenté su compañía en la amada Diócesis de Ciudad Obregón, como estoy seguro, acompaña el peregrinar de todas las Iglesias particulares, de su Iglesia católica, que Él venga, que esté con nosotros; que venga a destruir tanta miseria, tanto dolor, que en todo lo que nos abruma, aparezca su figura, aparezca su palabra, su luz esplendorosa, como la que ofreció a Moisés, a Elías, a Pedro, a Santiago y Juan, como hermosamente dice el apóstol Pedro: en el monte Santo, en el Tabor. En Jesucristo nunca más al Tabor, en Jesucristo tenemos Tabor, el monte de la gloria, de la felicidad. Ahora nos toca mis queridos hermanos bajo su palabra, como dice hoy el santo Evangelio “sinfonesosin”: ponernos de acuerdo, pónganse de acuerdo, caminen hacia la sinfonía del amor, de la oración, de la caridad. Que llegue un día, mis queridos hermanos, ese es el trabajo del obispo, de los sacerdotes, que llegue un día, el Tabor eterno para todos nosotros; en ese Tabor infinito, eterno, dialogaremos con Él, lo alabaremos, sin mentirle, sin fallarle, sin cansarnos, sin ofenderlo, ya sin final. Amén

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