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Harry Potter, los ángeles te saludan

En marzo de 2003 Joseph Ratzinger, en aquel entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, actualmente Benedicto XVI, Vicario de Cristo, condenó duramente a Harry Potter al considerar que “ese filme corrompe el alma de los jóvenes cristianos en una edad delicada ya que aún no se ha formado”. De los libros… Bueno no pasaron de ser “tentaciones sutiles” capaces de corromper a los jóvenes cristianos. Las opiniones fueron negativas desde la primer película: “anticristianas” y “poco educativas”. Sorprende que la semana pasada la Santa Sede, a través de su órgano oficial, L´Osservatore Romano, expresara una crítica positiva a la última entrega de las aventuras del joven mago, El príncipe mestizo. “Hay una clara línea de separación entre aquellos que trabajan para el bien y aquellos que lo hacen para el mal y el espectador no tiene dificultades para identificarse con los primeros.” “El desafío (…) es impedir que las fuerzas de las tinieblas triunfen.” Tras el beneplácito expresado por el rotativo católico a la historia de la escritora británica J.K. Rowling, en las principales redes sociales virtuales (MySpace, Facebook y Twitter) se congratularon con la Santa Sede porque finalmente entendió la trascendencia de la saga –más si tenemos todas las historias en su conjunto. Mis estimados renegados, en todos lados se cuecen habas, nomás asómense a China, al mundo árabe y musulmán, incluso al judío para constatar que no somos los únicos con estas vicisitudes. El fenómeno de Harry Potter, que para algunos sectores ultraconservadores católicos, correspondía a un “falso modelo”, es ahora visto con ojos menos severos. Y es que como bien señala Luis García Orso S.J. en su libro Una guía para ver el cine (editan Universidad Iberoamericana León y Servicios Educativos A.C., segunda edición. 2005, México) “el cine me lleva a mirar de otra manera la realidad, a no cerrar los ojos o a ignorarla; me lleva a reaccionar y a desear algo mejor para este mundo, no a justificar la realidad o a querer domesticarla; me abre nuevas y creativas posibilidades de vida, no me deja egoístamente satisfecho e instalado en mi diminuto mundo. “El verdadero cine (…) desea romper nuestro estrecho mundo (…) sigue siendo una amorosa provocación”.

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