Editorial

EL VALOR HUMANO Y CRISTIANO DEL SALUDO

El Papa Benedicto XVI nos ha convocado al VI Encuentro Mundial de Familias, que tendrá lugar en la ciudad de México el próximo mes de enero, con el tema “La familia, formadora en los valores humanos y cristianos”.

Hablar de valores humanos significa todos aquellos valores que hacen crecer a la persona en humanidad, o sea la hacen más madura, íntegra. Se puede dialogar y estar de acuerdo en los valores humanos con toda persona de buena voluntad, independientemente de sus creencias. Por otra parte, hablar de valores cristianos supone la fe en Cristo o la disposición favorable hacia Cristo. Pero no se trata de dos niveles de valores, como si fueran dos compartimentos separados e independientes. De hecho para el discípulo de Jesucristo, hablar de valores humanos y valores cristianos se refiere a valores que se reclaman mutuamente: los valores humanos tienen un plus de trascendencia en el espíritu de valores cristianos; a su vez, los valores cristianos requieren del fundamento que son los valores humanos.

La plena unión de los valores humanos y cristianos se tiene precisamente en Cristo Jesús. Es el criterio de la encarnación, como nos lo presenta el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, llamada en latín “Gaudium et Spes”, o sea “Gozo y Esperanza”. En el número 22 dice: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado… en Él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado (cf. Hebr 4,15).”

Desde este enfoque, quiero referirme a un valor que es plenamente humano, o sea propio de todo ser humano, y también tiene un bello sentido cristiano: el saludo. La persona inicia su comunicación ante otra u otras personas mediante un saludo. Con el saludo, aunque sea una sola palabra entre viajeros que se cruzan, se indica que se reconoce la existencia de la otra persona. Responder al saludo significa, a su vez, acoger y expresar reciprocidad.

La forma de saludo puede indicar confianza y apertura, o timidez y recelo, espontaneidad o formalidad, corrección o desfachatez. La forma de saludo es tarjeta de presentación de la propia persona y de cómo considera al otro u otros con quienes se encuentra. El saludo como valor humano es mucho más que el “buenos días” o “buenas tardes”: Incluye lo que la psicología señala acerca de la “amabilidad objetiva”. Para ubicar esto brevemente, por desgracia pesan en nosotros con frecuencia dos actitudes negativas: una se refiere a la pobre imagen que tenemos de nosotros mismos, según aquello de “no valgo, no sirvo, no puedo”; otra actitud es en relación a la imagen que tenemos de los demás, resumida en la frase “piensa mal y acertarás”. En resumen, una devaluada imagen de nosotros mismos y una imagen negativa de los demás.

Esto aparece desde la forma de saludar. La amabilidad objetiva, en cambio, significa superar esas dos actitudes negativas y pesimistas, asumiendo que todo ser humano es digno de ser amado, sencillamente porque es humano, imagen y semejanza de Dios, independientemente de su sexo, edad, méritos particulares o cualidades atrayentes.

Esto lo hemos de aplicar primero a nosotros mismos –“me amo porque Dios me ha creado y me ama”-, para luego aplicarlo a los demás.

Si esto se expresa en el saludo, entonces éste será amable, positivo, propositivo, la introducción a una relación constructiva. Más todavía, esta actitud se potencia al considerar el saludo como valor cristiano, o sea como valor de Cristo Jesús y del discípulo de Cristo Jesús.

La encarnación de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho Hombre, es el grandioso saludo del amor divino a la humanidad dolida y caída por el pecado. La presencia y el saludo de Jesús ofrecen cercanía y transformación de vida; así lo experimentan muchos, por ejemplo los primeros discípulos, Juan y Andrés, o la samaritana, o Zaqueo. Jesús llama junto a sí a los Doce apóstoles, para enviarlos a prolongar su misión y les encarga: “Al entrar en la casa, salúdenla.

Si la casa es digna, llegue a ella la paz de ustedes.” (Mateo 10,12s). Jesús resucitado saluda a sus discípulos asumiendo el espíritu del “Shalom” hebreo: “La paz esté con ustedes”.

Cómo sorprende a los discípulos encontrarse con Jesús, que había muerto pero ha resucitado, está vivo. Es un saludo que les provoca desconcierto, porque no lo esperaban, pero también y sobre todo enorme gozo. San Pablo, apasionado seguidor de Jesucristo, inicia sus Cartas con hermosos saludos, que han inspirado y se han asumido para iniciar la Liturgia eucarística.

Precisamente estamos por iniciar el tiempo del Adviento, el cual nos prepara a recibir en la Navidad a Cristo Jesús. Adviento es tiempo de esperanza en la promesa del amor de Dios. Navidad es tiempo de gozo por el cumplimiento de esa promesa de amor en la persona del Niño Jesús en Belén. Invito a usted a que nuestras familias sean formadoras de un saludo humano y cristiano: positivo y propositivo, lleno de la paz y la vida que Cristo Jesús nos ha traído.

† Rodrigo Aguilar Martínez Obispo de Tehuacán

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