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Los que creen en Dios, pero no en la Iglesia

Están equivocados aquellos católicos que piensan que se puede amar a Dios sin amar a su Iglesia, advirtió el Arzobispo de Guadalajara, cardenal don Juan Sandoval Íñiguez. En su colaboración semanal precisó que se trata de una actitud que está impregnada de ignorancia. No se conoce realmente a Dios, no se sabe que la Iglesia fue instituida por él y que Dios y la Iglesia siempre van de la mano. En la actualidad hay muchas personas, sobre todo jóvenes, que afirman creer en Dios, pero no en la Iglesia Católica. ¿Cómo se puede calificar esta actitud? Esta actitud de creer en Dios pero no en la Iglesia se puede calificar como ignorancia religiosa de la historia de la salvación, de esa revelación que Dios ha hecho de su designio a favor del hombre. En la historia de la salvación queda claro que Dios, que creo al hombre como un ser social, también lo quiere salvar en una sociedad. En el Antiguo Testamento fundó un pueblo, el de Israel, y en el Nuevo Testamento existe un pueblo de la Nueva Alianza, que es la Iglesia fundada por Cristo Nuestro Señor, a la que le dio también 12 patriarcas, como tenía el pueblo de Israel, que son los 12 apóstoles. Influye también en esta actitud –un poco- la tendencia protestante que perdura. El movimiento de Lutero del siglo XVI negó la iglesia jerárquica y, como quien dice, resquebrajó el cuerpo de la Iglesia, porque hizo de la religión, del cristianismo, algo individual; no debería haber sacerdocio ministerial, no magisterio, no sacramentos, sino la doctrina del «libre examen» de la Sagrada Escritura, para interpretarla cada quien de manera personal. Es el origen de la continua división y subdivisión de los grupos protestantes, que no tienen una autoridad ni doctrinal ni sacramental y entonces cada quien interpreta como quiere. Esa es la destrucción de la Iglesia y esa mentalidad individualista se ha acentuado mucho también en nuestros tiempos y es otra de las razones de por qué los jóvenes piensan así, al fin y al cabo en la posmodernidad las instituciones han sido devaluadas o poco estimadas: el Estado, la familia y también la Iglesia. Tenemos que ir a la Sagrada Escritura, sobre todo al Nuevo Testamento para entender que la Iglesia es obra de Dios, que es la manera como Dios nos quiere salvar; encontramos allí algunas imágenes expresivas de lo que es la Iglesia, para no entrar en mucha doctrina en este momento. En el Nuevo Testamento se dice que la Iglesia es el Nuevo Pueblo de Dios, que tiene a Cristo como su Pastor, es el rebaño del Señor; que la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, del cual El es la cabeza y nosotros los bautizados somos sus miembros. Se dice que la Iglesia es un edificio espiritual fundado sobre Cristo que es la piedra angular, y el cimiento los apóstoles y profetas, por eso las palabras de Cristo a San Pedro que lo quería disponer como jefe visible de la Iglesia: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Estas imágenes dan la idea de que existe un conjunto, una organización de los que creemos en Cristo Nuestro Señor. El proceso de descristianización y ateización, que comenzó en el siglo XVI o poco antes, desde el Renacimiento, lleva esta cadencia: en el siglo XVI los protestantes dijeron: Dios sí, claro, el Dios uno y trino, Cristo el Redentor sí, pero la Iglesia no. La Ilustración francesa en los siglos XVIII y XIX, dijo Dios sí, Cristo no, no existe religión revelada, sino un Dios conocido racionalmente. Por tanto, tampoco aceptaron a la Iglesia. Más adelante el ateísmo del siglo XX, de los sistemas marxistas y socialistas, tampoco aceptó a Dios, ni a Cristo ni a la Iglesia. ¿Qué hace falta para que exista más amor a la Iglesia? Nada se ama si no es conocido. Si a la Iglesia no se le conoce, no se le puede amar y los jóvenes no conocen a la Iglesia porque no se presentan, no asisten, no van. No la conocen porque no estudian su religión. Si se le conociera podrían amarla; si supieran que la Iglesia no es una asociación humana, sino una obra divina, un misterio de salvación, que la Iglesia tiene una parte visible que somos nosotros -buenos y malos, justos y pecadores- es la Iglesia que va en este mundo pecando y purificándose y que no se escandalice nadie. Así dijo el Señor: «Hay en el campo trigo y cizaña, y hasta en la cosecha los separarán». La Iglesia tiene una parte invisible, que es misterio de nuestra fe y es la mejor parte de la Iglesia: es Cristo que es la verdadera cabeza, el verdadero Jefe del pueblo de Dios. Este cuerpo que es la Iglesia tiene un alma, un principio vital misterioso que es el Espíritu Santo; dice San Pablo: hay muchos ministerios en la Iglesia, dones, carismas, servicios, pero es un solo y único Espíritu el que hace todo en todos. La Iglesia tiene una Palabra de Dios extraordinaria, muy luminosa; tiene los Sacramentos que nos dejó Cristo para purificarnos y santificarnos. Esta es la parte buena y misteriosa de la Iglesia en la que hay que creer, si nos quedamos en la superficie, no vemos más que un conjunto de seres humanos, practicantes o no, buenos o malos, pero si conocemos el misterio de la Iglesia, veremos detrás de ello la presencia misteriosa del Dios Uno y Trino que a través de ese instrumento, que es la Iglesia, nos ofrece la salvación. La Iglesia no es la jerarquía, somos todos los bautizados, buenos y malos, cumplidos y no cumplidos, cercanos o alejados. Todos los bautizados formamos esta Iglesia, que según la palabra del Señor, es el campo donde hay trigo y cizaña y que esperan la cosecha para ser separados. ¿Pueden existir por separado el amor a Dios y a la Iglesia? Los que no son cristianos sí pueden amar a Dios y no a la Iglesia, porque a Dios lo conocen no por la Revelación, sino por la luz natural de la razón y lo adoran y sirven a su modo, en cuanto Dios les da a entender y de esa forma también se salvan. No conocen ni a la Iglesia ni a Cristo. Para los que son cristianos no es posible amar realmente a Dios y no amar a su Iglesia. Esa separación –como ya dije- es fruto de la ignorancia, de no conocer la Iglesia, pero hay culpa, porque cada cristiano tiene la obligación de instruirse en su fe y obligación seria de estudiar y conocer a Dios para poderlo amar y servir. Están también las palabras de Cristo Nuestro Señor: «El que a ustedes oye, a mí me oye; el que a ustedes desprecia, a mí me desprecia» o aquello que le pasó a San Pablo cuando perseguía cristianos y el Señor le habló y le dijo: ¿por qué me persigues?, no le dijo por qué persigues a los cristianos. La unión entre Cristo y su Iglesia es una unión muy fuerte, misteriosa, de fe y de amor. ¿La Iglesia Católica está perdiendo fieles? En unas partes sí y en otras no. En general podemos decir que el primer mundo entró en una era oscura de secularización desde hace unos 20 ó 30 años, en que se procede como paganos, sin preocuparse para nada de Dios, ni para bien ni para mal y se vive totalmente de cara a este mundo presente. En los pueblos del tercer mundo, sobre todo en África y en algunos de Asia, la Iglesia va ganando, hay conversiones y crecimiento. La estadística registra un aumento constante de fieles en la Iglesia. ¿Cuántos millones hay de católicos?, cerca de mil 100 millones, aparte están los cristianos no católicos, ortodoxos y protestantes. Ocho Columnas

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