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SIDA, una Iglesia sensible.

Si se acepta que el principio de la salud está en conocer la enfermedad, la Iglesia Católica conoce bien y de cerca al ser humano que ha adquirido el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) y que padece el síndrome que provoca (SIDA) y por ello, su ejemplo, doctrina y ministerio pueden ayudar a la humanidad a afrontar, y quizá vencer, estas enfermedades calificadas como una verdadera pandemia. Según el cardenal mexicano, Javier Lozano Barragán, titular del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, el 27% (uno de cada cuatro) de los centros para la atención del VIH/Sida en el mundo son católicos, es decir, que atienden a enfermos de Sida con el dinero de la caridad; el 44% pertenece a los gobiernos -instituciones financiadas con los impuestos ciudadanos- el 11% a organizaciones no gubernamentales y un 8% a otras confesiones religiosas. “Son numerosos los proyectos y programas de formación, prevención y asistencia, cuidado y seguimiento pastoral en favor de los enfermos, que las Iglesias locales, institutos religiosos y asociaciones laicales llevan adelante con amor, sentido de responsabilidad y espíritu de caridad”, ha explicado el cardenal Lozano Barragán. La Iglesia, como experimentada enfermera hermana de la caridad, elige apremiantemente al enfermo. Abre sus brazos a quien sufre, lo ha aprendido a hacer con un amor que no se limita a la ayuda en el dolor encarnizado, sino que trabaja en la investigación y en la prevención de la enfermedad. “La Iglesia Católica sigue dando su aporte tanto en la prevención como en la asistencia a los enfermos de VIH/Sida y a sus familias en el plano médico-asistencial, social, espiritual y pastoral”, asegura el cardenal mexicano. A través de la fundación El Buen Samaritano, la Iglesia Católica –por lo menos en lo que respecta a la suma de 19 diferentes comunidades del mundo- ayuda con la distribución de antirretrovirales en 18 países: 13 de África, 3 de América y 2 de Asia. Además, la fundación apoya a los obispos y a las diócesis necesitadas de fondos para enfrentar la pandemia a través de la nunciatura local, lo anterior sin considerar la misión que diferentes órdenes y comunidades católicas realizan por los enfermos de VIH/Sida. Según el Informe Anual sobre Epidemia de Sida, del programa de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida (Onusida), durante 2007 las cifras, tanto en adquisición del virus como en decesos provocados por la enfermedad, “mejoraron la situación de la pandemia pero aún no la han hecho retroceder”. El organismo difundió que durante el año pasado 2.7 millones de personas contrajeron el virus frente a los 3 millones infectados en 2001. Además, el número de enfermos pasó de 36 millones a 32.7 millones de personas contagiadas en tres años. Aunque en África sigue siendo la primera causa de mortalidad, el Sida ha ganado terreno en países como China, Indonesa, Kenia, Mozambique, Papúa, Nueva Guinea, la Federación Rusa, Ucrania, Vietnam, Alemania, Australia y Gran Bretaña. En América, Brasil y México ocupan el primer y segundo lugares en población con VIH/Sida. La situación del que anhela la libertad es la misma situación del enfermo, por ello, Caritas Internacional reportó trabajar en 102 países en el combate frontal al VIH/Sida para tratar de liberar a la humanidad de este mal. Según una reporte realizado por la Santa Sede, en el 2005 se llevaran acabo acciones contra la pandemia en 62 países: 28 de África, 9 de América, 6 de Asia, 16 de Europa y 3 de Oceanía. Además del personal local (religioso y no religioso) se distinguen en el ramo congregaciones y asociaciones internacionales tales como las Vicentinas, Caritas Internacional, Comunidad de San Egidio Orden de Malta, Camilianos, Juaninos, Jesuitas, religiosas de la Madre Teresa, el Hospital del Niño Jesús de la Santa Sede y los Farmacéuticos Católicos, Mesón de la Misericordia, Caballeros de Malta, Fundación Eudes, Domus Alitio, entre muchos otros. La acción de la Santa Sede y de la Iglesia Católica va dirigida a promover y reforzar el sentido indispensable de pertenencia y responsabilidad que cada país debe fuertemente desarrollar en cada fase de respuesta a la pandemia.

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