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La educación contra el narcotráfico

Existe una enorme preocupación de las autoridades gubernamentales por desarticular al crimen organizado en torno al tráfico de drogas, cuyo poder de corrupción está poniendo en jaque a las instituciones del Estado, comenzando por el Ejército. El poderío de estas bandas está a la vista por su capacidad para generar violencia y muerte con armamentos más sofisticados que el de nuestras propias policías. Lo más grave es el desafío que están manifestando al asesinar a altos mandos policiales y del Ejército, provocando el temor y la complicidad de muchos ciudadanos y de algunas autoridades que ya se encuentran amedrentadas. Ha refrendado el Presidente de la República su decisión de no dar marcha atrás en esta lucha porque en ello está la estabilidad y seguridad de la nación. De ninguna manera se puede permitir el dominio de los criminales. La Iglesia se ha pronunciado en distintas ocasiones para solicitar el apoyo de la ciudadanía en esta lucha. El mismo Arzobispo de México ha expresado que las acciones del gobierno no son para generar violencia, sino para recuperar la seguridad. Sin embargo, hay un frente débil que debe preocuparnos: los jóvenes, que son la presa fácil del consumo de drogas. Una encuesta dada a conocer recientemente por la SEP ha arrojados datos alarmantes: uno de cada ocho estudiantes de preparatoria y bachillerato consume estupefacientes, principalmente mariguana, anfetaminas y cocaína. Muchos de ellos se vuelven adictos y, por tanto, consumidores cautivos, sometidos al control de los narcotraficantes. Como complemento a estos datos, se tiene el reporte de la Secretaría de Salud, el cual revela que el 95% de los presos -la mayoría jóvenes entre los 20 y 30 años- son drogadictos. Lo mismo que reclamamos a los norteamericanos es ya una realidad en nuestro país: si existen traficantes de drogas es por que hay consumidores. No basta reprimir al productor y traficante, es necesario prevenir a los potenciales consumidores. Por ello, hoy debemos preguntarnos seriamente: ¿qué estamos haciendo por los jóvenes para que crezcan sin el veneno de las drogas?, ¿qué hace la familia, qué hacen los distintos niveles de gobierno, qué hacen los medios de comunicación, qué hace la Iglesia? Las políticas públicas dirigidas hacia los jóvenes se limitan a propiciar espacios de diversión “seguros” y a promover iniciativas de organizaciones sociales que no tienen mayor creatividad que la de regalar preservativos a diestra y siniestra. Tampoco HAY un plan fuerte y claro desde las secretarías de Educación, Desarrollo Social y Salud para propiciar el buen desarrollo de este sector. ¿Dónde ha quedado la educación cívica para promover valores?, ¿qué lugar ocupa el deporte y la superación personal en los planes de estudios?, ¿cuál es el presupuesto para centros deportivos y culturales?, ¿dónde están las campañas públicas para una juventud saludable, con posibilidades reales de educación y trabajo? La Iglesia tampoco hace lo suficiente. Miles de jóvenes se han reunido en la Jornada Mundial de Juventud con el Papa Benedicto XVI en Australia, mostrándonos su entusiasmo por vivir la fe y gritándonos con fuerza que también son parte de la Iglesia. ¿Qué hacemos por ellos en las comunidades parroquiales?, ¿qué espacio les brindamos para su sana formación y manifestación?, ¿por qué muchos jóvenes se alejan de nuestras comunidades? No basta la fuerza del Estado, no es suficiente el Ejército en las calles, la policía no lo puede todo. La tarea permanente del Estado, la Iglesia y la familia es mejorar la educación, propiciar los valores y ofrecer mejores elementos para el desarrollo de nuestros jóvenes.

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