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El hambre, crisis que ronda el mundo

El hambre, crisis que ronda el mundo Pocas veces, al menos en los últimos años y con tanto énfasis, se había hablado de la carestía de alimentos básicos, y esta situación tiene mucho que ver con otras de su contorno, que finalmente afectan al bienestar individual, social y ambiental. A partir del deterioro y disminución de las tierras de cultivo, de la producción de insumos en calidad y cantidad insuficientes, del proceso viciado de comercialización, y siguiendo por las sorpresivas fluctuaciones de precios hasta llegar a los hábitos de consumo, podemos observar una problemática con distintas raíces y ramificaciones, que tocan áreas tan importantes como el medio ambiente, la agricultura y la ganadería, el comercio y la industria, la economía doméstica, la educación y la salud. La historia, en diversos tiempos y lugares, siempre nos ha hecho presente al hambre en sus páginas porque la desnutrición se origina generalmente en la miseria de muchos y en el acaparamiento y voracidad de unos cuantos. Debajo de la atmósfera que respiramos ha estado, por los siglos de los siglos, una gruesa capa de pobreza que cubre con manto espeso prácticamente toda la geografía del planeta. No escapa a la Iglesia este asunto. Además de contribuir de múltiples formas en el socorro a los más necesitados por la vía de la promoción humana y la asistencia social, con autoridad y aplomo denuncia también los atropellos. Por ejemplo, el Punto 2269 del Catecismo de la Iglesia Católica asienta: “Los traficantes cuyas prácticas usurarias y mercantiles provocan el hambre y la muerte de sus hermanos los hombres, cometen indirectamente un homicidio, y éste les es imputable”. A su vez, en el Punto 341 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se avala que “esta condena se extiende también a las relaciones económicas internacionales, especialmente en lo que se refiere a la situación de los países menos desarrollados, a los que no se pueden aplicar sistemas financieros abusivos”. Quiere decir, pues, que no ha dejado de haber magnates que fincan su riqueza desmedida sobre cimientos de avaricia, deshonestidad y explotación, así sea a costa de regir los patrones de alimentación de las mayorías hasta racionar en su mínima expresión los alimentos o tasarlos a precios prohibitivos, inalcanzables para el común de las familias. Sin embargo, en contrapartida, con desaliento observamos que las dificultades económicas para llevar diariamente a la mesa los productos más convenientes por nutritivos, no son obstáculo para que México sea número uno en el mundo en cuanto a consumo de refrescos; la comida chatarra y la “ultrarrápida”, las golosinas, antojitos, botanas y demás gusguerías son, en la realidad, el pan cotidiano de tantísimas personas, incluyendo niños muy pequeños que así van “aprendiendo” a vivir y mantenerse. Mientras tanto, en un país de creciente población de obesos, se desperdician a diario miles de toneladas de alimentos. Y no sólo las sobras que se dejan del plato, sino de verduras, frutas, legumbres, cereales y otros productos que se pudren sin destino útil en el mercado o se botan nomás así, sin remordimiento. Todo esto que está ocurriendo, más lo que puede venir pronto en consecuencia, debe incitarnos a reflexionar, con responsabilidad y sinceridad, sobre el replanteamiento del tema, a fin de corregir hábitos de gasto y de consumo. No es sólo cuestión de ahorros en el hogar (lo cual es importante); también mira, en su conjunto, a la salud mental y corporal, tanto individual como colectiva; a una educación y cultura superiores, y a un bienestar social por el que siempre suspiramos y al que tenemos derecho. (www.semanario.com.mx)

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