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LA IGLESIA NO SE VENDE

LA IGLESIA NO SE VENDE + Felipe Arizmendi Esquivel http://www.diocesisancristobal.com.mx VER Han sido sacadas de contexto unas afirmaciones del presidente de nuestra Conferencia Episcopal, cuando habló del esfuerzo de la Iglesia Católica por invitar a los narcotraficantes a cambiar de vida. Dijo, en efecto, que algunos pequeños distribuidores de droga se han acercado, pidiendo orientación. También dijo que unos con facilidad compran a los pobladores de comunidades alejadas de la montaña, incluso construyendo capillas, porque de esa manera logran protección para sus intereses. Sin embargo, de esto algunos líderes de opinión, de partidos e incluso de otras religiones, dedujeron que nuestra Iglesia se vende, que los protege y que está en buena relación con ellos. ¡Nada más falso! La Iglesia alienta la conversión de los narcos y de los adictos, su redención en Cristo, sin reducirse hipócritamente a su condenación farisaica. La droga es un cáncer que devora cuanto toca. Adolescentes y jóvenes, contagiados por adultos, destruyen su presente y su futuro, con cadenas casi indestructibles. Hace años, sólo pasaba hacia Estados Unidos, el mayor consumidor. Hoy también se consume en el país, cada día más. Hijos de familias buenas, instituciones, autoridades y artistas caen en sus redes. Nadie está exento de su tentación. Por ello, siempre la Iglesia ha advertido del peligro y nos esforzamos por que no nos atrape, pues el dinero tiende a corromper para su propio fin. JUZGAR A Jesucristo, en la cruz, la ofrecieron vino mezclado con hiel, que era como un estupefaciente para adormecerlo en su dolor y atenuar sus sufrimientos; cuando advirtió de qué se trataba, lo rechazó (cf Mt 27,34). En Brasil, el Papa Benedicto XVI, al visitar una red de comunidades de recuperación para jóvenes que quieren salir de túnel tenebroso de la droga, expresó: “Digo a los que comercializan la droga que piensen en el mal que están provocándoles a una multitud de jóvenes y de adultos de todos los segmentos de la sociedad: Dios se los va a cobrar. La dignidad humana no puede ser pisoteada de esta manera. El mal provocado recibe la misma reprobación hecha por Jesús a los que escandalizaban a los “pequeñitos”, los preferidos de Dios (cf Mt 18, 7-10). En el documento de Aparecida, dijimos: “El problema de la droga es como una mancha de aceite que invade todo. No reconoce fronteras, ni geográficas ni humanas. Ataca por igual a países ricos y pobres, a niños, jóvenes, adultos y ancianos, a hombres y mujeres. La Iglesia no puede permanecer indiferente ante este flagelo que está destruyendo a la humanidad, especialmente a las nuevas generaciones. Su labor se dirige especialmente en tres direcciones: prevención, acompañamiento y sostén de las políticas gubernamentales para reprimir esta pandemia. En la prevención, insiste en la educación en los valores que deben conducir a las nuevas generaciones, especialmente el valor de la vida y del amor, la propia responsabilidad y la dignidad humana de los hijos de Dios. En el acompañamiento, la Iglesia está al lado del drogadicto para ayudarle a recuperar su dignidad y vencer esta enfermedad. En el apoyo a la erradicación de la droga, no deja de denunciar la criminalidad sin nombre de los narcotraficantes que comercian con tantas vidas humanas, teniendo como meta el lucro y la fuerza en sus más bajas expresiones” (422). ACTUAR Ratificamos lo dicho en Aparecida: “Es responsabilidad del Estado combatir, con firmeza y con base legal, la comercialización indiscriminada de la droga y el consumo ilegal de la misma” (425). “Alentamos todos los esfuerzos que se realizan desde el Estado, la sociedad civil y las Iglesias por acompañar a estas personas” (426). La Iglesia debe promover una lucha frontal contra el consumo y tráfico de drogas, insistiendo en el valor de la acción preventiva y reeducativa, así como apoyando a los gobiernos y entidades civiles que trabajan en este sentido, urgiendo al Estado en su responsabilidad de combatir el narcotráfico y prevenir el uso de todo tipo de droga. La ciencia ha indicado la religiosidad como un factor de protección y recuperación importante para el usuario de drogas” (423).

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