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100 AÑOS DEL OCTAVARIO DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Una fecha para recordar Este 2008 se cumplen cien años desde que el sacerdote episcopal (anglicano) Paul Wattson, inaugurara del 18 al 25 de enero de 1908 un Octavario de oración por la unidad de los cristianos. También se cumplen cuarenta años desde que en 1968, las Iglesias y las parroquias del mundo recibieran por primera vez los textos para la Semana de oración para la unidad de los cristianos, preparados conjuntamente por la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias y el ahora Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos . Ambos acontecimientos nos recuerdan que el auténtico ecumenismo involucra nuestra vida espiritual y nuestro testimonio, a fin de ser instrumentos de Dios para llamar a todos los cristianos a cumplir su voluntad y ser uno en el amor. Dios quiere la Iglesia Dios, que es amor, es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Él, que ha creado todas las cosas, hizo al hombre y a la mujer a imagen y semejanza suya para que, unidos a Él y entre sí, fueran felices por siempre. Sin embargo, tentados por el diablo, los primeros padres desconfiaron del Creador, cometiendo así el pecado original, por el que la creación se trastocó: el ser humano, alejado de Dios, quedó debilitado; las relaciones humanas se dañaron; la armonía del universo se alteró; y el mal, el dolor y la muerte entraron en el mundo. Pero Dios no nos abandonó, sino que envío a su Hijo, quien encarnándose de la Virgen María y amándonos hasta el extremo de morir y resucitar por nosotros, nos ha comunicado al Espíritu Santo y nos ha convocado en la unidad de su Iglesia, para liberarnos del pecado y hacernos hijos de Dios, partícipes de su vida plena y eternamente feliz. La Iglesia es una, ya que tiene un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo, una sola esperanza . Es santa, aunque comprenda pecadores, ya que Dios, su autor, es Santo; Cristo se entregó para santificarla y el Espíritu de santidad la vivifica. Es católica, pues posee la totalidad de la Revelación, de la fe, y de los medios de salvación, abarca todos los tiempos, y es enviada a todos los pueblos. Es apostólica, ya que, edificada por Cristo sobre los apóstoles con Pedro a la Cabeza –cuyos sucesores son los obispos y el Papa–, es enviada al mundo para ser signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano . Dios quiere la Iglesia, porque quiere la unidad, como el propio Jesús rogó al Padre: “que todos sean uno” (Jn 17,21). Por eso, el Papa Juan Pablo II afirmaba: “Creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia” . Esta unidad está constituida por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión jerárquica . La separación de las Iglesias Orientales antiguas y el cisma de Oriente Sin embargo, en esta única Iglesia, ya desde los primeros tiempos hubo algunas escisiones, que luego fueron mayores. Así, en el siglo V se suscitó una lamentable ruptura entre algunas Iglesias Orientales antiguas –formadas por comunidades cristianas de Persia, Egipto, Siria, y Armenia,– y la Sede de Roma, cuyo Obispo –el Papa– había sido reconocido como árbitro cuando surgía algún disentimiento en materia de fe o de disciplina. Las diferencias alcanzaron su culmen en los concilios de Éfeso (431) y Calcedonia (451) . El sínodo de Belapat, que proclamó la diferencia de lo humano y de lo divino en Cristo bajo la forma de dos personalidades, consolidó el rompimiento. Entre las Iglesias Orientales antiguas también se incluyen las Iglesias Asiria de Oriente y Etíope Ortodoxa. En 1054 se dio la ruptura entre los patriarcas orientales (Iglesias Ortodoxas) y la Sede de Roma . Las causas fueron, además de la diversidad de tradiciones y costumbres, las tensiones por la suprema autoridad del Papa –de quien los cuatro Patriarcas más importantes de Oriente (Constantinopla, Alejandría, Antioquia y Jerusalén) afirmaban que solo podía ser el «primero entre sus iguales»–, y las pretensiones de Constantinopla de heredar el lugar preeminente en lo religioso, como había ocurrido en lo político tras el hundimiento del Imperio Romano de Occidente. Así lo señalaba el canon 28 del Concilio de Calcedonia (451), no aceptado por la Sede romana. A todo esto se sumaron las disputas sobre las jurisdicciones episcopales y patriarcales, y las diferentes interpretaciones a la cláusula del “filioque” en el Credo de Nicea (325) . Las Iglesias Ortodoxas están constituidas por la Iglesia Ortodoxa Oriental, las Iglesias Orientales Ortodoxas y la Iglesia Asiría Oriental. Sus principales patriarcados son Constantinopla, Alejandría, Antioquia, y Jerusalén, cada uno presidido por un Patriarca y un sínodo episcopal. El patriarca de Constantinopla es reconocido como patriarca ecuménico, por lo que recibe una primacía honorífica. Además se ha concedido la “autocefalia” o autonomía a las Iglesias ortodoxas Rusa, Georgiana, Serbia, Rumana, Búlgara, Chipriota, Griega, Polaca, Albanesa, Checa y Eslovaca. La de América, concedida por el Patriarca de Moscú, no es reconocida por el Patriarca de Constantinopla. La separación de las comunidades cristianas de la Reforma La gran división del cristianismo occidental tuvo lugar en el siglo XVI. Ya en el siglo XIV, con John Wyclif (1320-1384) y Juan Hus (1369-1415) se habían suscitado algunas escisiones, que dieron como resultado la formación de las comunidades Valdense y Husita. Pero con Martín Lutero (1483-1546) comenzó un intento de Reforma, que finalmente culminó con un cisma, consumado con la “Protestatio” y la Confesión de Augsburgo (1530). Los “protestantes” –término que expresaba “confesantes”–, afirmaban que la justificación sólo se alcanza por la gracia y que sólo la Escritura contiene la revelación de Dios. La eclesiología Luterana, que considera la Iglesia como “la reunión de todos los creyentes, entre los que se predica el Evangelio… y a quienes se imparten los sacramentos” , inspiró al Calvinismo, cuyas comunidades son también llamadas “reformadas”. De la familia luterana se desprendieron los anabaptistas y menonitas. De la calvinista proceden los presbiteranos y los puritanos o congregacionalistas. Del anglicanismo han surgido los baptistas, metodistas, episcopalianos, cuáqueros, y otros. En el siglo XVIII surgió el movimiento evangélico y en el siglo XX el movimiento pentecostal. A raíz de cismas posteriores han surgido otras confesiones cristianas. Aunque carecen de un órgano que las una, las comunidades de tradición común se organizan en iglesias nacionales y en concilios internacionales. Los viejos católicos y el cisma de la “Fraternidad de San Pío X” Otra denominación cristiana está formada por los llamados “Viejos Católicos”, cuyo origen podría remontarse al siglo VIII, y que, luego de haber perdido a su último obispo, con las ordenaciones episcopales del siglo XVIII realizadas por el obispo Varlet, cuenta con una sucesión apostólica en la sede episcopal de Utrecht. De estas Iglesias, que reconocen los siete sacramentos y aceptan el matrimonio de los sacerdotes, se separaron la Iglesia Católica y Apostólica de Francia (1913), la Iglesia Católica y Apostólica Galicana (1914), y la Iglesia Católica Liberal (1918). Tras las reformas del Concilio Vaticano II, surgió en la Iglesia Católica un movimiento llamado “Tradicionalista”, que rechazó las disposiciones conciliares. En 1988, el obispo Marcel Lefebre (1905-1991), fundador de la “Fraternidad de San Pío X”, provocó un cisma al consagrar obispos sin el consentimiento del Papa. Algunos miembros de la Fraternidad han vuelto a la comunión con Roma, y los que no lo han hecho, afirman que no tienen deseo de constituir una Iglesia por si mismos. El movimiento ecuménico Con el II Concilio de Lyon (1274) comenzó un diálogo entre la Iglesia Católica y las Iglesias Orientales antiguas y las Iglesias Ortodoxas. Más tarde, en el Concilio de Florencia (1444) se hicieron nuevos intentos. En el siglo XIX el anglicanismo inició un movimiento ecuménico. Sin embargo, a fin de prevenir la tentación de renunciar a lo esencial, lo que podría haber creado una falsa unidad, la Santa Sede prohibió la participación de los católicos . Pero esta postura fue cambiando, hasta que el Papa Juan XXIII creó el Secretariado para la unión de los cristianos, e invitó al Concilio Vaticano II –como observadores– a varios representantes de los patriarcados ortodoxos. En 1961, la Santa Sede envió una delegación al Consejo Ecuménico de Nueva Delhi, y en 1964 estableció un “Grupo de Trabajo” con el Consejo Ecuménico de las Iglesias, del que desde 1968 algunos teólogos católicos forman parte. Con los Sumos Pontífices Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, el ecumenismo ha registrado avances, como lo demuestra la creación de la Comisión Mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa en su conjunto, la firma de Declaraciones conjuntas y otros eventos. Con las comunidades cristianas de la Reforma, a través del Pontificio consejo para la promoción de la unidad de los cristianos, la Iglesia Católica mantiene diálogo con luteranos, anglicanos, reformados (calvinistas), baptistas, metodistas, pentecostales “clásicos”, Discípulos de Cristo, y mennonitas. Los encuentros han dado frutos, como la Declaración conjunta sobre la doctrina de la Justificación, firmada en el 2000 por la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial. La comisión internacional católico-reformada ha ofrecido una síntesis del camino ecuménico recorrido, en el documento: “La Iglesia como comunidad de testimonio común del Reino de Dios”. El Decreto “Unitatis Redintegratio” (1964) del Concilio Vaticano II, la Encíclica “Ut unum sint” (1995) del Papa Juan Pablo II, el “Directorio para la Aplicación de los Principios y de las Normas sobre el Ecumenismo” (1993), y otros documentos, han ofrecido líneas seguras para un verdadero diálogo ecuménico, en el que deben tenerse en cuenta los siguientes principios: 1º La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él; 2º La Iglesia de Cristo está presente y operante en las Iglesias y en las Comunidades eclesiales que aún no están en plena comunión con la Iglesia Católica, gracias a los elementos de santificación y verdad que brotan de ella, aunque fuera de su estructura visible, los cuales inducen hacia la unidad católica; 3º La fe y el bautismo son ya elementos de comunión cristiana real aunque imperfecta; 4º Se atribuye el nombre de «Iglesias» a las Iglesias Orientales separadas de la plena comunión con la Iglesia Católica, puesto que en virtud de la sucesión apostólica tienen verdaderos sacramentos, sobre todo el sacerdocio y la Eucaristía, aunque, dado que la comunión con la Iglesia universal, cuya cabeza visible es el Papa, es un principio constitutivo, sufren una carencia objetiva; 8º No se atribuye el título de «Iglesia» a las Comunidades cristianas nacidas de la Reforma del siglo XVI, porque carecen de sucesión apostólica mediante el sacramento del Orden, y por esta causa, no han conservado la auténtica e íntegra sustancia del Misterio eucarístico . Oración y testimonio, para lograr la unidad En 2004, el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos organizó un encuentro internacional en el que se dio a conocer el resultado de una encuesta sobre la situación actual del ecumenismo. El informe muestra una mejora de las actitudes católicas respecto a los demás cristianos. Asimismo, constata que son frecuentes las acusaciones mutuas de proselitismo, resentimientos, ataques, desinterés, tensiones, miedo, sospecha y desconfianza. También se dio a conocer que actualmente, de los 120 Consejos de Iglesias existentes, la Iglesia Católica es miembro de 70, y participa en tres de los siete Consejos regionales de Iglesias, y en siete de los Consejos regionales de Iglesias asociados al Consejo mundial de Iglesias de Ginebra. Es miembro con pleno derecho en tres Consejos regionales de Iglesias: el Caribe, Oriente Medio y el Pacífico, y también en catorce Consejos nacionales cristianos en África, Asia, Oceanía, el Caribe, Europa y América . “Ciertamente el camino de la unidad sigue siendo largo y difícil –ha señalado el Papa Benedicto XVI–; sin embargo, es necesario evitar el desaliento y seguir recorriéndolo, contando en primer lugar con el apoyo seguro de Cristo que, antes de subir al cielo, prometió a los suyos: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). La unidad es don de Dios y fruto de la acción del Espíritu. Por esto es importante orar. Cuanto más nos acercamos a Cristo, convirtiéndonos a su amor, más nos acercamos también los unos a los otros” .

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