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San Juan Diego enseñanos el camino a la Virgen Morena

“¿Cómo era Juan Diego? ¿Porqué Dios se fijó en él?” Estas preguntas se hacía el Papa Juan Pablo II durante la homilía de la misa de canonización de San Juan Diego y se respondía citando el libro del Eclesiástico que se había escuchado durante la primera lectura de la citada celebración: “Porque sólo los humildes le dan gloria a Dios” (Si 3,20). Juan Pablo II, en la misma ocasión, decía también del santo: “¡Bendito Juan Diego, indio bueno y cristiano, a quien el pueblo sencillo ha tenido siempre por varón santo!” y efectivamente, antes y después de las apariciones guadalupanas ya era tenido Juan Diego en un concepto de alta santidad entre sus compatriotas que sabían de cuanto gustaba el santo de ir a la doctrina y la celebración de los sacramentos, de la contemplación de Dios en los momentos de soledad que él mismo propiciaba y de apartar a sus coterráneos de vicios e idolatrías. El Papa insiste: “en el nuevo santo tenéis el maravilloso ejemplo de un hombre de bien, recto de costumbres, leal hijo de la Iglesia, dócil a los pastores, amante de la Virgen, buen discípulo de Jesús”. En los años que siguieron a su conversión, Juan Diego fue diligentísimo en instruirse en las verdades de nuestra fe, aún cuando para hacerlo tuviera que recorrer grandes distancias. San Juan Diego desde su conversión, pero principalmente desde las apariciones, estuvo dominado por el pensamiento de Dios. Casado con María Lucía, el nombre que ella tomó después que se bautizó, enviudó dos años antes de las apariciones. 17 años entonces sirvió el santo a la Señora del Cielo hasta su muerte. “¡Amado Juan Diego, ‘el águila que habla’!, dijo también el Papa, enséñanos el camino que lleva a la Virgen Morena del Tepeyac, para que ella nos reciba en lo íntimo de su corazón, pues ella es la Madre amorosa y compasiva que nos guía hasta el verdadero Dios”.

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